La calle sombría
Una vez si mal no recuerdo anduve sobre el andén de aquella estación. Las hemorragias de tiempos pasados me hicieron crecer como persona, crecer interiormente y guardar unas gotas de rencor en la esencia de la memoria.
Juré no volver a dar tres pasos seguidos sin recordar el primero, leer la letra pequeña del contrato, escupir a los nacionales cada veinte de noviembre y no volver a pensar en lo que pudo ser y no fue. No hay tiempo para aburrirse, de sudokus está lleno el mundo.
Y sin embargo aquí me ves, colgando esos recuerdos en la alambrada para que se sequen al sol, dispuesto a caer una vez y otra vez. Total, cuando coja el siguiente tren, de todo esto sólo quedará un conjunto erróneo de posos en el fondo de la taza, una fotografía que no se acordará de mí y un teléfono móvil ahogado en el charco más cercano al videoclub de toda la vida.

Monigote rojo en Messenger, nunca estuve cuando fui solicitado. Estrangulador precoz de profesión, rompo los esquemas que intentaron marcarme los dioses y tumbo los semáforos que quisieron robarme los preciados minutos de mi vida. No me digas que se acabó la noche, la anarquía que supone no hacer caso al supremo sol es lo único que me hace falta para sonreír.