Querida hermana España:
Espero que a la llegada de esta carta te encuentres bien, yo ando bien por suerte.
Es ahora que te escribo cuando me doy cuenta el tiempo que ha pasado en la historia de la humanidad, bastante poco si se compara con la historia del planeta o del universo, pero tiempo al fin y al cabo.
Tiempo que va, tiempo que no vuelve, tiempo que no se debe olvidar, tiempo del que hay que aprender, pues lo único tangible es el presente, pero recuerda que somos presente porque tuvimos pasado.
Y es lo que tiene el pasado, que nunca se puede negar ni modificar, para bien o para mal esa lacra imberbe nos pertenece como un hijo. Y es ahora que te escribo, querida España, cuando veo que no te reconozco, que por mucho que pase el tiempo nunca terminas de conocer a nada ni nadie, que siempre queda algún rincón que quedó a sombras de la sociedad.
Oh España, prostituta de la historia, es ahora que te escribo cuando veo que no te reconozco, que nunca tuviste ojos para nadie más que para ti, que hace apenas cinco siglos te creías el centro del cosmos y en apenas dos reinados te viste en harapos, pidiendo ayuda a cambio de seguir teniendo un nombre con el que presumir, y es lo que cuesta la fama: esfuerzo, sacrificio y, a veces, cómo decirlo... prostitución.
Oh España, es ahora que te escribo, quién te vio y no te recuerda. Prostituta de la historia, desde que naciste fuiste violada por romanos, godos, cartagineses... de la historia hay que aprender que de España sólo tienes el nombre, que como mujer libre eres, que no eres la mujer de la vida de nadie puesto que eres la mujer de tu propia vida.
Es ahora que te escribo, oh España, cuando recuerdo que alguien robó tu inocencia altamiriense, de campos de cultivo y comienzos de domesticación animal. Prostituta de la historia, jugaron contigo, fuiste desvirgada por vándalos, celtas, alanos... cambiaron tu papel en esta divina comedia, y si embargo seguiste creyendo en el amor en tu pubertad y adolescencia.
Alguien predijo, oh España, un futuro de esperanza y buenaventura. No te reconozco, siglos después un loco vio al final de la línea del horizonte, donde el mar se junta con el cielo, una tierra virgen y gente hospitalaria con la que resarcirse por el daño que te habían hecho en el pasado. Porque la persona a la que se le roba la dignidad en su dorada inocencia crece muy rápido, insensible, y repite lo que en su propia casa vio como banal y normal.
Orgías de los siglos XV y XVI, no te reconozco, oh España. El sol no se pone en nuestro imperio, dices; los demás te miramos sin respeto, conocedores de que no hay mal que cien años dure. América llora sumida en una pesadilla de dioses ficticios; allá donde fueres, haz lo que te hicieren. No, España, es ahora que te escribo cuando veo tu sadismo por naturaleza. Vaciaste el estómago de aquella tierra que, como tú y como yo, sólo es América en el nombre. Dejaste en esas tierras una hemorragia de sangre latina que no cesó en mucho tiempo. Te llevaste su plata como si te perteneciera. El sol no se pone en nuestro imperio, las riquezas salían de España apenas entraban y toda Europa te hacía reverencias en la cara y soltaban risas sarcásticas por la espalda.
No te reconozco ahora que te escribo, oh España. Impasible viste como Francia tomaba tu pluma y empezaba a escribir las nuevas páginas del cuaderno de la historia. Impasible viste que no hay bien que cien años dure, que con el Reino Unido se repartían un imperio que comparativamente dejaba al tuyo a la altura del betún como soléis decir por esas tierras.
Oh España, recuerda los siglos de transición, revoluciones, matanzas. No reconocíamos a Europa ¿Y todo por qué? Por cambiar o dejar tal cual unas fronteras que nunca existieron. Europa también lo es sólo en el nombre.
Oh España, no te reconozco, llega el siglo XX y yo caigo también en la tentación, creo ver la unidad mundial bajo una sola raza, mis enanos crecen como rubios, de ojos azules y cara simétrica, la perfección hecha realidad con odio en vez de sangre en las venas. Mis hijos fueron grandes fracasos fruto de la ignorancia, hubo un momento de máximo esplendor, pero nadie recordará esa etapa como positiva en la historia porque nunca lo fue. Mientras dejabas tu legado en manos de un idealista de pastel, gordo, bajito, feo y un tanto afeminado que también se las traía.
Pero si hay algo que recordar, oh España que ahora te escribo y no te reconozco, fue la solidaridad grandiosa e impagable del pueblo argentino y en menor medida la del pueblo francés. A toda aquella gente que os recibió con los brazos abiertos cuando más lo necesitabais; vosotros, que únicamente pedíais vivir dignamente, fuera de sistemas dictatoriales y con un mínimo de dignidad. Argentina ganó el respeto de una España que siglos atrás había campado a sus anchas por aquellas llanuras y montañas sembrando el terror que representaba un dios de madera. Nos lo dieron todo sin pedir nada a cambio.
Ahora que te escribo veo que ha pasado medio siglo más o menos, oh España, y no te reconozco. Ahora África, sólo en nombre, pide tu mano y tu le escupes en la cara. Gente que no tiene nada, no se sabe si nada que vender o nada que perder como dijo un poeta incomparable engendrado en tu tierra, que no es tuyo, no te pertenece, recuerda que eres España sólo en nombre. Hubo tierras que se hicieron llamar españolas en su tiempo. De ellas no os queréis acordar, puesto que no os aportan ningún beneficio material a día de hoy. Os aportan muchas vidas que conocer, España, aprende del pasado, aunque sea del más cercano, no te reconozco.
Recuerda que eres España sólo en nombre, que tras la línea fronteriza que dibujaron tus hijos se puede palpar la misma tierra, las mismas personas, el mismo olor a tierra mojada tras la lluvia y la misma esperanza de encontrarse un día mejor tras uno tormentoso. La misma ilusión de ir a mejor en esta vida corta y perecedera, aunque sea recorriendo kilómetros por tierra y millas por mar. Irán a parar a la misma tierra, pero con condiciones más saludables para prosperar en el río de su vida.
Oh España, tal vez el muro que tuve en Berlín sea una de las cosas que recordaremos del siglos XX en la historia negra de la humanidad. Dividió durante años a la misma tierra, con las mismas personas aún divergiendo en ideología política. Todas en busca de un nuevo amanecer, con una familia que mantener y con sueños que cumplir. Ahora que te escribo compruebo orgullosa que todo aquello forma parte de un pasado, que llegado un día se comprendió que era una atrocidad separar personas por intereses políticos, que todos éramos iguales al tener un cerebro, un corazón y una entrepierna a los que estimular para tener ilusiones mientras estuviéramos vivos. Y sin embargo, oh España, ahora que te escribo sigues creyéndote la puerta de Europa, de la felicidad trivial occidentalista, y te crees con derecho a levantar dieciséis años después una valla aún más grande que el muro de Berlín. Orgullosa de la necedad que proclamas como bandera, construyes un esqueleto metálico con dientes que van despedazando la vida e ilusiones de todos aquellos que quieren ser personas sea el lugar que sea.
Mientras, en los grandes centros empresariales y políticos, los cerdos fascistas se dan palmaditas en la espalda y se felicitan por apoderarse de lo que no es suyo. Ignorantes yuppies con traje de manga larga incluso en verano, tal vez sea porque tienen mucho que esconder en su interior y no quieren pregonarlo. La corbata que tienen les ata el traje al cuello, tal vez para no despedir el hedor de la vergüenza que, supuestamente, tienen cuando contratan mano de obra barata e ¿ilegal?, esa misma que pudo sobrevivir a los dientes de la bestia que se ha asentado ahora en Melilla o no se ahogó al cruzar el gran charco atlántico o el escupitajo en el suelo que supone un estrecho entre la sociedad europea y la africana.
Pan para hoy, hambre para mañana, oh España, no te reconozco y parece una utopía que suceda en estos tiempos, pero ¿Qué pasaría si la Historia siguiera su curso dándote la espalda y tendiéndole la mano a África en materia económica y de bienestar? Tal vez esa bestia metálica que habéis adoptado a modo de perro guardián y que os “protege” de la escoria negra un día se vuelva contra vosotros y os devore antes de poder pasar a un sitio donde vivir mejor.
Abre tus puertas, España, abre tu corazón, no te reconozco.

Dedicado a la gente que muere en su camino hacia una vida mejor. No os olvidamos, hermanos.