Un verano que fue una pesadilla...
- Estoy conociéndola. La verdad es que es muy maja, podría decirse que compenetramos muy bien y... cómo decirlo... tiene ese no sé qué en la mirada con el que no necesita articular palabra, lo dice todo estando en silencio.
- Tíratela - Dijo el aprendiz de Ultra-Sur interrumpiendo mi manifiesto de presentación.
- Pero vamos a ver, pedazo de burro, te repito que estoy conociéndola. Aquí las cosas, o se hacen bien, o no se hacen, porque para hacerlas rápido y mal...
- Vamos a ver, niñato, tienes 21 años y todavía te queda mucho por conocer. Ten en cuenta que esta chica no va a ser la mujer de tu vida, eso te lo puedo asegurar. Esta piva y las sucesivas que tengas van a ser, cómo decirlo, unas prácticas con las que no te dan créditos, pero que te van a servir de preparación al examen final que es vivir en pareja.
- Pero creo que hay que dejar un margen de error para saber si realmente quiero a esta chica como persona. Hacer el amor con ella puede ser la cumbre de lo nuestro, no quiero que quede como lo más superficial entre dos personas. Nunca fui partidario del sexo sin amor.
En ese momento se creó un intervalo de tensión. Hubo una cuarta parte de segundo en que todas las personas que estaban en la cafetería tomaron aire a la vez para seguir hablando, quedándose en silencio toda la sala, y eso que había más de cincuenta personas. Nos quedamos mirando los unos a los otros admirados de ese fenómeno que, según datos estadísticos, sucede una vez cada veinticinco años. Realmente no sabía si alguien aparte del Ultra-Sur había escuchado mi última sentencia.
- No eres complicado ni nada, tío ¿No dices que esa chica se deja besar? Pues tíratela. Voy a hablar como te gusta a ti: Si vas a tener que desperdiciar un año de tu vida en intentar entrar hasta el fondo de su alma estamos servidos. Además, tal vez esta tía te ayude a olvidar el maldito escollo que tuviste con la zorra esa este año. Tíratela, y si las cosas salen mal, rectifica. Para algo se crearon los lápices con goma en la parte opuesta.
La extraña paradoja de los lapiceros con goma volvía a saltar a escena. Las dos caras de cada uno en juego, y la mía a escena. Dos caminos a escoger y ninguno vislumbra un final muy claro
¿Tú qué harías?

Monigote rojo en Messenger, nunca estuve cuando fui solicitado. Estrangulador precoz de profesión, rompo los esquemas que intentaron marcarme los dioses y tumbo los semáforos que quisieron robarme los preciados minutos de mi vida. No me digas que se acabó la noche, la anarquía que supone no hacer caso al supremo sol es lo único que me hace falta para sonreír.