Categoría: Viejos retazos que por fin ven la luz
3 Marzo 2006
Y una vez más, en una época en que me han cortado las raíces de la inspiración, subo al blog un relato escrito en el pasado, una de esas perlas que guardo en la carpeta de la memoria y presente. Dedicado a todos aquellos que, ignorando la estupidez mediática que inculca la sociedad, siguen el río que desean navegar, sin importarles el qué dirán, si tiene sentido lo que hacen o valor material, tan sólo porque hacen lo que quieren sin hacer daño a los demás. Y a los que se sienten demasiado influenciados por su entorno... que abran los ojos, que nunca es tarde. Paz, hermanos.

Alguna vez
quisiera ser
el primero en
aplaudir mi función
La gente dice que todo aquel que nace junto a un río suele ser bajito y le salen canas a una edad bastante temprana. La gente supone muchas cosas y su porcentaje de aciertos suele ser bastante aceptable. Yo me confieso de haber nacido junto a un río, un poco más al sur que al norte, y me permito añadir por experiencia propia y ajena que las personas que nacen junto a un río siempre han servido para encuadernar las páginas del tiempo, sueñan que escriben, siembran ventanas allá donde los demás se empeñaron en vivir a oscuras, se pasan la vida viendo la televisión cuando ésta se encuentra apagada y se afeitan cada mañana para luchar contra el paso incesante del tiempo.
Me crié entre montañas, un sitio que no aparece en los mapas de carreteras y en el que hay un río por persona. Mi río y yo éramos inseparables, a él solía acudir cuando quería protegerme de los perros que ladraban, las piedras que tiraban a dar y las campanadas de la iglesia. Podría decirse que nos habíamos convertido en un anexo de nuestras vidas el uno del otro, él envidiaba mis largas piernas con las que me despegaba del suelo cada vez que las cosas en la tierra se ponían mal y yo a su vez soñaba con ver algún día el mar.
Nadie quiso que fuéramos amigos, dos seres de raza y clase social distintas no debían de estar juntos mucho tiempo porque si las virtudes de ambos se juntasen podrían llegar a organizar un plan maquiavélico y con el tiempo dominar el planeta. Mis vecinos me presentaron a sus descendientes, chicos que no sabían ver más allá de las porterías de la cancha y cuya vida giraba en torno al sábado, el resto del tiempo eran simples cazadores con los ojos vendados que disparaban al vacío sin darse cuenta que mataban un sueño cada día que pasaba. Un día les pregunté por el significado de la vida y ellos me lo representaron mediante una raíz cuadrada sin solución. Una palabra se dibujó en el suelo, librepensador. Traicioné a mis amigos, si se les puede llamar amigos, y andando en sentido contrario al que señalaban los carteles de los caminos me volví a encontrar con mi río. Tres años habían pasado desde la última vez que le vi. No quiso hablarme, estaba un poco más viejo y en las orillas su barba de musgo llevaba tiempo sin ser afeitada. Tras cinco días a su lado sin tener más conversación que su eterno susurro de agua, comprendí que una etapa de mi vida había acabado, que de los recuerdos no se puede vivir para siempre y que hasta los seres más queridos alguna vez te fallarán, tan solo hay que saber desactivar esa mina que se siembra en nuestro interior y cuya metralla acaba destrozando nuestra vida en el momento de la explosión. Como no hay mal que dure cien años, me despedí de él jurando volver cuando el cielo fuese verde.
Vagando por la autopista de la desolación alguien detuvo su coche ante mi pulgar, que rezaba descanso para mis pies demacrados. Respondía al nombre de Lobo Feroz, de marcado acento catalán y reloj de oro. Me dijo que no debía sufrir más, que él controlaba las principales empresas de los cinco continentes y que yo sólo tenía que agachar la cabeza si oía algún disparo. Ante mis ojos se abría una gran ciudad, una ciudad sin límites ni leyes, cuyo nombre era Vive a tope hasta morir, una ciudad donde los hombres y mujeres mentían por un trozo de pan y el más vanidoso soñaba su jubilación cada tarde, una ciudad con exceso de población pero con un cementerio de almas en cada parque y centro comercial, resumiendo, la ciudad donde nacieron hace muchos siglos los siete pecados capitales. Me metió en un mundo de cielo color verde, pero no verde esperanza sino verde dinero, donde los grifos filtraban cava y la virgen de los malos tiempos presidía el salón principal del parlamento. Aquello era un mundo de película, el dinero era simplemente un árbol para una estepa marina, la vida se pintaba demasiado fácil y resultaba agónico respirar ese oxígeno cargado de malicia.
Allí conocí a Caperucita, la princesa prometida, que me ofreció la llave maestra que abría esa ciudad prohibida a lo que yo acepté sin ninguna pega, con la sangre de mis pulgares firmé ese contrato que me unía a ella. Yo no era especialista en nada, los niños que crecemos junto a un río destacamos en todo pero jamás somos los mejores en nada, así que hice un cursillo acelerado para ser domador de piedras y nubes y poco después quise ser ingeniero de caminos para circundar el perímetro del arcoíris con la esperanza de salir algún día junto a ella de ese sitio oxidado que provocaba serias distorsiones en el canto de las sirenas que allá en el mar, a más de diez mil años luz, me pedían que fuera con ellas. Los años fueron pasando y cada vez que dábamos un paso nos costaba levantar el otro del fango que se amontonaba cada vez más con la lluvia verde. Yo insistía en que no podíamos seguir allí, cada vez más deudores de la rutina con la que nos castigaba el devenir del día a día, la dibujaba un mundo de color azul donde cada uno tuviera su río que arrastrase su vida, lejos del Lobo Feroz, sin tener que estar encadenados a él. Mientras, los coches se reproducían en los atascos, contemplábamos la reproducción sexuada de lujurias automovilísticas mientras los conductores daban cuerda a sus bocinas, decibelios que agrietaban el suelo y me iban hundiendo allí cada vez más. Esa era la última oportunidad que tenía de irme de allí, la cogí de la mano pero ella se opuso firmemente.
- Me quedo.
Pude ver que ella encajaba mejor que yo la rutina, que a fin de cuentas yo era un cobarde que prefería andar por la cuerda floja sobreviviendo a duras penas tan sólo para ver el mar, mientras que ella se contentaba con tener un sueldo fijo a fin de mes aunque se dejara las rodillas fregando suelos, vivir un simulacro de vida mientras su entorno no la condenara al destierro por ir a contracorriente del camino que le marcaron. Destrocé una esquina de cielo con mi sierra impulsiva, subí al ático más alto de la ciudad y desde allí estaba dispuesto a saltar al próximo avión que se cruzara en mi vida, pero el Lobo Feroz estaba al acecho, cogiéndome por el hombro en el momento que fui a saltar. Tras él pude divisar a Caperucita, escondiéndose de la vergüenza de haberse vendido al mejor postor a cambio de una vida aburguesada.
- ¿Qué quieres de mí? – le reprendí.
- Esa no es la pregunta correcta, sino qué quieres tú de nosotros.
- Quiero que me dejen salir de aquí.
- Fuiste tú el que vino a mí. ¿Qué quieres, dos millones? ¿Qué futuro crees que te espera? Te espera una vida de mierda condenada a arrastrarte por el suelo, ya no eres el chico que soñaba que escribía, ya eres un hombre con los pies destrozados que se tiene que resignar a lo que le toca ¿Cinco millones está bien?.
No podía hablar, una bola amarga en mi garganta me impedía hacerlo, no sé si de rabia o de impotencia, y es que las cosas funcionaban así, los trenes no pasan dos veces. Negué con la cabeza.
- Las cadenas se rompen por el eslabón más débil, nunca has tenido nada ni lo tendrás.
Al borde de la desesperación me agarré del avión; sé que me seguiría y así fue, apenas a un minuto de distancia su aliento golpeaba mi nuca, parecía estar condenado a ser perseguido por alguien que quiso comprarme. El mandamás estaba equivocado al decir que no tenía nada, tenía sólo una cosa, y era precisamente la que él había intentado comprarme, la honradez.
Cual fugitivo desesperado me detuve delante del río a beber esa agua del tiempo, jarras de minutos que terminaron empujándome a la corriente. Mientras me dejaba arrastrar, mis pies casi inertes chocaban contra las piedras del fondo, quizás eran las piernas que siempre quiso tener mi río las que me hicieron volver a él. Mirando atrás pude ver el rostro impotente del Lobo Feroz, su dinero no podía luchar contra la libertad que ofrecía la naturaleza, su capital no podía desatar tornados ni secar ríos, tenía que arrodillarse en el suelo y reconocer cual gentil caballero que aparentaba ser, que hay veces en que el placer de las victorias se aprende a través de derrotas.
De esa anécdota han pasado varios años. Justo ahora, antes de llegar a mi cautiverio en la treintena de la vida, puedo decir que he vivido, no es la comodidad lo que me lleva a luchar por mis objetivos, sino hacer lo que realmente quiero. Al fondo se divisa el mar, algún día podré reunirme con las sirenas azules de la bahía.

Y aquí, allá,
allí, acá,
sólo importa lo vivido;
lo demás es mero presente
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13 Febrero 2006
X tenía mucha prisa por salir, su reloj de pulsera le recordaba que le quedaba exactamente una hora para llegar al auditorio en el cual todo el mundo le esperaba y en el que iba a recibir tan deseado galardón, galardón por el que había luchado durante los últimos años de su vida. Y le remangaba los puños de la camisa a duras penas, X estaba impaciente y veía todo como una pérdida de tiempo.
Una vez en el ascensor, X se encontró a Z, que recibió la noticia con mucha alegría.
- ¡Hay que ver tan joven como eres y ya te han dado ese premio que quiere tanta gente del mundillo literario!. ¡Sigue así, que seguro que esto es sólo el principio!
- Sí, – dijo X – estoy bastante nervioso, tanto tiempo esperando éste momento y ahora no sé cómo voy a reaccionar. No sé si será el último premio, pero es el único por el que lo he dado todo. Cuando lo reciba, habré llegado a la cumbre de mi carrera y podré morir tranquilo, habré sido un hombre realizado.
Quién le iba a decir a X que al cruzar la calle un conductor despistado con el condenado GPS iba a adelantar su cita con el purgatorio. Maldición para X, nunca llegó a ser un hombre realizado.
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2 Febrero 2006

Yo tampoco lo esperaba, pero estas cosas suceden así.
En la semana cultural que cada año se hacía en mi cole representábamos una obra a la que asistían todos los papás y las mamás de los de la clase y las otras clases. La del año pasado tuvo que ser especial, pero no como yo quería que fuera.
Por fin, tras muchos años siendo el último mono del Libro de la Selva, el enanito mudo con cara de estúpido en el cuento de Blancanieves, el lobo apaleado en Caperucita o el encargado de subir y bajar el telón en el baile de fin de curso, por fin yo iba a ser el centro de atención, el blanco de todas las miradas, iba a ser el Peter Pan modelo que todas las seños querrían tener en su clase para darle ese papel.
Entre el público las miradas se dirigieron hacia la puerta principal: mis papás habían llegado. Más que mi madre, la atención plena la acaparaba mi padre, el chico más guapo que pisaba el salón. Pelito corto, mirada azul penetrante, su metro ochenta y sus bíceps marcados en su estrecha camiseta hacían que a las niñas tontas de último curso con su rostros torturados de granos y cremas anti acné se les cayera la baba nada más verle. Definitivamente me gustaba tener un padre modelo, cualquiera de ellas daba su vida por tener al menos un póster de él a tamaño natural en la Super Pop del mes siguiente. Las otras mamás comentaban cosas a lo bajini entre ellas, los papás se enteraban a veces de sus comentarios y les daban leves codazos advirtiéndolas que se estaban pasando. Mis papás no hacían nada de caso a las miradas y comentarios, tan sólo estaban expectantes de mi, de su hijo, el protagonista de la obra, el más arreglado y el más guapo y el que iba a pegar una paliza al Capitán Garfio, el gordo estúpido de último curso que desde hacía un par de años se entretenía en robar los cromos y los bollos al mismísimo Peter Pan, joé, es que así no hay manera, no iba a acabar la colección hasta que me jubilara.
En el descanso se acercó a hablar conmigo, quizás después de muchas penurias y peleas íbamos a acabar siendo amigos.
- Oye ¿Ésos de ahí son tus viejos?
- ¿Quiénes, ésos? Sí, los de la segunda fila... - dije, abriendo un poco el telón y señalando las butacas.
- Pero... ¿Cuántos años tiene tu padre?
- Creo que va a cumplir veinte. - dije, no muy seguro, y empezando a preguntarme a qué venía tanta insistencia.
- Vamos a ver... si tu padre tiene veinte años y tú cumpliste once el mes pasado... ¿Entonces eres un engendro o es que me estás tomando el pelo?
- ¡No, ese es mi padre, lleva viviendo con nosotros desde que tengo seis años!
- Ya... entonces no es tu padre, cuando tú naciste, él no podía tener hijos.
- ¡Mentira, eso es mentira!
- Seguro que todavía te crees que los reyes existen.
Fueron momentos de máxima tensión. No pude contenerme y me lancé hacia él, empujándole contra la parte delantera del escenario. De sobra sabía que los reyes magos eran los padres, pero no consentía que pusiera en duda quién era mi padre, aunque a esas alturas empezaba a sospechar que fuera un rey mago. No me dio tiempo a despacharme a gusto con él, entre otras cosas porque la señorita nos separó y porque él me ganaba en estatura, en peso y en fuerza, y ya estaba empezando a recibir hostias por caridad.
- Pero bueno ¿se puede saber qué es lo que pasa?
La seño estaba realmente cabreada, nunca se había enfadado conmigo porque yo era de los más buenos de la clase. Todos los que estaban allí se quedaron en silencio.
- Nada profe, que dice que ése de allí es su padre y es mentira, es el novio de su madre.
Todo el patio de butacas se podía resumir en ojos y bocas abiertos a más no poder, y al instante miradas hacia las dos personas que se habían convertido en los protagonistas de improvisto del día. Yo me fui corriendo hacia los vestuarios y no quise salir de allí hasta que todo el salón de actos quedó vacío.
Aquella noche vino a mi mente aquel maldito día en el que mi madre y otro hombre discutían a viva voz en la cocina sobre que no estaban ya contentos con lo que tenían y que había llegado la hora de cambiarlo, que todo había llegado a su fin.
- Mamá ¿Qué es lo que hay que cambiar? - dije yo con un hilo de voz, inocencia en estado puro.
- Hay que cambiar... el coche, que ya está viejo.
Yo daba saltos de alegría al ver el nuevo deportivo a estrenar. En un mes no sólo cambié de coche, sino también de casa y de padre, ya no volví a ver al Severiano entrado en kilos y maloliente que se tiraba el día viendo a su Real Betis Balompié y jugando a las cartas con sus amigos. En su lugar había un Jesús recién sacado de una pasarela de modelos sentado al volante de esa máquina, aquel hombre que en los años siguientes me llevaba cada primer domingo de mes al parque de atracciones. Mi vida desde entonces fue a mejor en todos los aspectos menos en el teatral; de nuevo tuve que hacer de arbusto inmóvil en el portal de Belén. Mis papás no fueron a esa representación.
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22 Noviembre 2005
Como hace unos días que no escribo por aquí y estoy bastante líado, tengo bastantes ideas a plasmar pero carezco de tiempo para ello. Por eso os voy a dejar algo que escribí hace tiempo y que me gustó bastante. Se trata de un ejercicio que nos mandaron hacer en una tertulia literaria a la que asistía: Una historia de un solo punto (el punto final). Como siempre dejo las cosas para el último momento, la escribí media hora antes de acudir a la reunión. Me hubiera gustado hacer la historia un poco más larga y me prometí retomarla tiempo después, pero nunca lo llegué a hacer. Espero que os guste.
Cansada de que haga el oso en el sofá me pides que me vaya de una vez, y yo sin muchas ganas, harto de oírte de siempre la misma estrofa, cojo mis papeles y marcho raudo hacia un destino más lejano de lo que a simple vista parecía, pues nada más salir a la calle me encuentro la multita en el coche, y eso que es el día sin coches, debe ser que la policía cuando no tiene nada que hacer con el rabo mata moscas, así que sin mucho tiempo que perder cojo la multa, me la guardo en el bolsillo y voy directo al Metro, que vuela a ras del suelo con la torpeza de los pingüinos, con lo que entre parón y parón consigo llegar a donde quería en dos horas y media, no sin antes tener que regalarle mi reloj a un tipo que con una navaja se ofrecía a cortarle la correa si tenía dificultades al desabrochar la hebilla; con todos estos alicientes te puedes imaginar las ganas de volver a casa y tumbarme en el sofá para hacer un poco de nada mientras veía la televisión, encima hoy había partido de los que hacen historia, pero con solo imaginarme la cara que pones cada vez que hay fútbol o toros por la tele y tu demanda de divorcio al lado se me quitan las ganas de volver por los siglos de los siglos, por lo que entro a la tienda de regalos más cercana y compro una caja de bombones y un ramo de flores tamaño más-te-vale-que-te-gusten-porque-si-no-de-la-hostia-que-te-meto-con-el-ramo-te-vuelo-hasta-las-muelas-del-juicio, originalidad en cuanto a regalos de cero patatero, pero efectividad de diez mas uno, y si no le gustan te los llevo a ti, que a fin de cuentas llevo sin darte una alegría fuera de la cama desde hace un par de años, aunque si no recuerdo mal con el chocolate te salen más granos que a un bombón crocanti y con las flores te entra una estornudera de no te menees, así que si no le gustan los tiro a la basura y santas pascuas, pensando en eso estaba cuando enfrente de la puerta del hospital un camionero despistado viene a rematarme el día con el morro de su Pegaso, volando con las flores como la reina de la primavera, hay que joderse, y encima el tío tiene la desfachatez de decirme que con tanta flor no se me veía a mí, joder, que soy bajito pero las flores no van caminando solas por la calle, desgraciado, mi tibia, mi peroné y mi fémur reducidos a quinientas veintisiete partes semi-iguales, por suerte estaba cerca de urgencias y entre tanto ninoninonino me quedé sopa mientras me llevaban en camilla por aquellos pasillos con neones que imitaban a cigarras, todos descuajaringados, pero cual fue mi sorpresa que al doblar una esquina me encuentro a César, tan sano sanote puro machote, el cual me pregunta que qué hago allí y yo le contesto que coño, que había ido a visitarle a él, que un poco más y no llego vivo a verle, y con mucha prisa se despide de mí diciéndome que le habían dado el alta y que tiene el cumpleaños de su hija y me agradece el detalle de haberle ido a visitar, si no me lo tienes que agradecer a mí, sino a mi mujer, que me obliga a visitar a los enfermos cuando sabe que odio los hospitales, que a veces habla más de la cuenta y que no debería haber deseado que yo estuviera en tu situación, pues tiene un poco de bruja y al final sus deseos se acaban cumpliendo, y aquí me tienes una semana después y sigo en la misma situación, vendado cual Tutankamon de pacotilla y me diagnostican otras tres semanas aquí y tú, cariño, que me recriminas que vaya a ver a mis personas queridas cuando se encuentren mal y tú no cundes con el ejemplo, si aquí el que se queja es porque quiere.
servido por elartistamadridista
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