Y una vez más, en una época en que me han cortado las raíces de la inspiración, subo al blog un relato escrito en el pasado, una de esas perlas que guardo en la carpeta de la memoria y presente. Dedicado a todos aquellos que, ignorando la estupidez mediática que inculca la sociedad, siguen el río que desean navegar, sin importarles el qué dirán, si tiene sentido lo que hacen o valor material, tan sólo porque hacen lo que quieren sin hacer daño a los demás. Y a los que se sienten demasiado influenciados por su entorno... que abran los ojos, que nunca es tarde. Paz, hermanos.
Alguna vez
quisiera ser
el primero en
aplaudir mi función
La gente dice que todo aquel que nace junto a un río suele ser bajito y le salen canas a una edad bastante temprana. La gente supone muchas cosas y su porcentaje de aciertos suele ser bastante aceptable. Yo me confieso de haber nacido junto a un río, un poco más al sur que al norte, y me permito añadir por experiencia propia y ajena que las personas que nacen junto a un río siempre han servido para encuadernar las páginas del tiempo, sueñan que escriben, siembran ventanas allá donde los demás se empeñaron en vivir a oscuras, se pasan la vida viendo la televisión cuando ésta se encuentra apagada y se afeitan cada mañana para luchar contra el paso incesante del tiempo.
Me crié entre montañas, un sitio que no aparece en los mapas de carreteras y en el que hay un río por persona. Mi río y yo éramos inseparables, a él solía acudir cuando quería protegerme de los perros que ladraban, las piedras que tiraban a dar y las campanadas de la iglesia. Podría decirse que nos habíamos convertido en un anexo de nuestras vidas el uno del otro, él envidiaba mis largas piernas con las que me despegaba del suelo cada vez que las cosas en la tierra se ponían mal y yo a su vez soñaba con ver algún día el mar.
Nadie quiso que fuéramos amigos, dos seres de raza y clase social distintas no debían de estar juntos mucho tiempo porque si las virtudes de ambos se juntasen podrían llegar a organizar un plan maquiavélico y con el tiempo dominar el planeta. Mis vecinos me presentaron a sus descendientes, chicos que no sabían ver más allá de las porterías de la cancha y cuya vida giraba en torno al sábado, el resto del tiempo eran simples cazadores con los ojos vendados que disparaban al vacío sin darse cuenta que mataban un sueño cada día que pasaba. Un día les pregunté por el significado de la vida y ellos me lo representaron mediante una raíz cuadrada sin solución. Una palabra se dibujó en el suelo, librepensador. Traicioné a mis amigos, si se les puede llamar amigos, y andando en sentido contrario al que señalaban los carteles de los caminos me volví a encontrar con mi río. Tres años habían pasado desde la última vez que le vi. No quiso hablarme, estaba un poco más viejo y en las orillas su barba de musgo llevaba tiempo sin ser afeitada. Tras cinco días a su lado sin tener más conversación que su eterno susurro de agua, comprendí que una etapa de mi vida había acabado, que de los recuerdos no se puede vivir para siempre y que hasta los seres más queridos alguna vez te fallarán, tan solo hay que saber desactivar esa mina que se siembra en nuestro interior y cuya metralla acaba destrozando nuestra vida en el momento de la explosión. Como no hay mal que dure cien años, me despedí de él jurando volver cuando el cielo fuese verde.
Vagando por la autopista de la desolación alguien detuvo su coche ante mi pulgar, que rezaba descanso para mis pies demacrados. Respondía al nombre de Lobo Feroz, de marcado acento catalán y reloj de oro. Me dijo que no debía sufrir más, que él controlaba las principales empresas de los cinco continentes y que yo sólo tenía que agachar la cabeza si oía algún disparo. Ante mis ojos se abría una gran ciudad, una ciudad sin límites ni leyes, cuyo nombre era Vive a tope hasta morir, una ciudad donde los hombres y mujeres mentían por un trozo de pan y el más vanidoso soñaba su jubilación cada tarde, una ciudad con exceso de población pero con un cementerio de almas en cada parque y centro comercial, resumiendo, la ciudad donde nacieron hace muchos siglos los siete pecados capitales. Me metió en un mundo de cielo color verde, pero no verde esperanza sino verde dinero, donde los grifos filtraban cava y la virgen de los malos tiempos presidía el salón principal del parlamento. Aquello era un mundo de película, el dinero era simplemente un árbol para una estepa marina, la vida se pintaba demasiado fácil y resultaba agónico respirar ese oxígeno cargado de malicia.
Allí conocí a Caperucita, la princesa prometida, que me ofreció la llave maestra que abría esa ciudad prohibida a lo que yo acepté sin ninguna pega, con la sangre de mis pulgares firmé ese contrato que me unía a ella. Yo no era especialista en nada, los niños que crecemos junto a un río destacamos en todo pero jamás somos los mejores en nada, así que hice un cursillo acelerado para ser domador de piedras y nubes y poco después quise ser ingeniero de caminos para circundar el perímetro del arcoíris con la esperanza de salir algún día junto a ella de ese sitio oxidado que provocaba serias distorsiones en el canto de las sirenas que allá en el mar, a más de diez mil años luz, me pedían que fuera con ellas. Los años fueron pasando y cada vez que dábamos un paso nos costaba levantar el otro del fango que se amontonaba cada vez más con la lluvia verde. Yo insistía en que no podíamos seguir allí, cada vez más deudores de la rutina con la que nos castigaba el devenir del día a día, la dibujaba un mundo de color azul donde cada uno tuviera su río que arrastrase su vida, lejos del Lobo Feroz, sin tener que estar encadenados a él. Mientras, los coches se reproducían en los atascos, contemplábamos la reproducción sexuada de lujurias automovilísticas mientras los conductores daban cuerda a sus bocinas, decibelios que agrietaban el suelo y me iban hundiendo allí cada vez más. Esa era la última oportunidad que tenía de irme de allí, la cogí de la mano pero ella se opuso firmemente.
- Me quedo.
Pude ver que ella encajaba mejor que yo la rutina, que a fin de cuentas yo era un cobarde que prefería andar por la cuerda floja sobreviviendo a duras penas tan sólo para ver el mar, mientras que ella se contentaba con tener un sueldo fijo a fin de mes aunque se dejara las rodillas fregando suelos, vivir un simulacro de vida mientras su entorno no la condenara al destierro por ir a contracorriente del camino que le marcaron. Destrocé una esquina de cielo con mi sierra impulsiva, subí al ático más alto de la ciudad y desde allí estaba dispuesto a saltar al próximo avión que se cruzara en mi vida, pero el Lobo Feroz estaba al acecho, cogiéndome por el hombro en el momento que fui a saltar. Tras él pude divisar a Caperucita, escondiéndose de la vergüenza de haberse vendido al mejor postor a cambio de una vida aburguesada.
- ¿Qué quieres de mí? – le reprendí.
- Esa no es la pregunta correcta, sino qué quieres tú de nosotros.
- Quiero que me dejen salir de aquí.
- Fuiste tú el que vino a mí. ¿Qué quieres, dos millones? ¿Qué futuro crees que te espera? Te espera una vida de mierda condenada a arrastrarte por el suelo, ya no eres el chico que soñaba que escribía, ya eres un hombre con los pies destrozados que se tiene que resignar a lo que le toca ¿Cinco millones está bien?.
No podía hablar, una bola amarga en mi garganta me impedía hacerlo, no sé si de rabia o de impotencia, y es que las cosas funcionaban así, los trenes no pasan dos veces. Negué con la cabeza.
- Las cadenas se rompen por el eslabón más débil, nunca has tenido nada ni lo tendrás.
Al borde de la desesperación me agarré del avión; sé que me seguiría y así fue, apenas a un minuto de distancia su aliento golpeaba mi nuca, parecía estar condenado a ser perseguido por alguien que quiso comprarme. El mandamás estaba equivocado al decir que no tenía nada, tenía sólo una cosa, y era precisamente la que él había intentado comprarme, la honradez.
Cual fugitivo desesperado me detuve delante del río a beber esa agua del tiempo, jarras de minutos que terminaron empujándome a la corriente. Mientras me dejaba arrastrar, mis pies casi inertes chocaban contra las piedras del fondo, quizás eran las piernas que siempre quiso tener mi río las que me hicieron volver a él. Mirando atrás pude ver el rostro impotente del Lobo Feroz, su dinero no podía luchar contra la libertad que ofrecía la naturaleza, su capital no podía desatar tornados ni secar ríos, tenía que arrodillarse en el suelo y reconocer cual gentil caballero que aparentaba ser, que hay veces en que el placer de las victorias se aprende a través de derrotas.
De esa anécdota han pasado varios años. Justo ahora, antes de llegar a mi cautiverio en la treintena de la vida, puedo decir que he vivido, no es la comodidad lo que me lleva a luchar por mis objetivos, sino hacer lo que realmente quiero. Al fondo se divisa el mar, algún día podré reunirme con las sirenas azules de la bahía.
Y aquí, allá,
allí, acá,
sólo importa lo vivido;
lo demás es mero presente